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Va la clase en la que analizamos 1984 y la posible aplicabilidad de su trama al avida política contemporánea.

La clase está dividida en dos partes. ¡Échenselas!

Comenten y difundan…

Aquí la segunda parte:

Tengo televisión pero no la veo prácticamente nunca. No me atrapó nunca, pues pronto me di cuenta de que frente a un televisor soy un receptáculo y nunca un colaborador. Confieso sin embargo, que todo domingo de septiembre a enero, veo el futbol americano sin parar. Por eso tengo Tv, aunque el resto del año permanezca apagada.

Cuando visito a un par de tías ancianas, no obstante, me encuentro con que la televisión está invariablemente prendida. Sólo en el canal 2 o el 13. En el que esté siendo transmitido el noticiero de la hora o la telenovela preferida. No pudiendo evitar escuchar los comentarios de los así llamados informadores, sus reportajes o los argumentos telenovelezcos, no pasan más de cinco minutos cada día para que comprenda el porqué este país padece un pueblo digno de epítetos que no verteré aquí para no generar controversias que distraigan de mi intención con este texto.

Constantemente se hace crítica a los falsos valores que promueven las telenovelas (son falsos porque su realización no se traduce en felicidad y sí en dolor para quienes los adquieran) y las mentiras y juicios que presentan los noticieros y programas de “análisis” como verdades inamovibles. Pero hay algo de lo que se habla poco o nada. La minuciosa tendencia de los noticieros televisivos de confundir lo público con lo privado. A través de esa confusión se difunde no sólo la mexicana cultura del chisme y la lapidación del sujeto personal por llevar a cabo acciones libres, y hasta comunes, en su círculo particular (como tener sexo en todas sus variantes, tomar alcohol, consumir drogas, etc.), sino que se logra diseñar un fino disfraz, que oculta lo verdaderamente trascendental para la vida pública, presentando lo privado como si fuera del interés de todos nosotros.

Ejemplificaré. Entre el medio día de ayer y la mañana de hoy, se participó al televidente de los siguientes eventos:

1) Un autobús volcado en camino a Guadalajara con 7 muertos (Se entrevistó a uno de los sobrevivientes que nos enteró, llorando comprensiblemente, del motivo de su viaje a la capital jaliciense: iba al funeral de una tía. Ahora ha muerto su madre y no sabe si su primo está vivo).

2) Un mercado se incendió en China.

3) Un autobús se volcó en Tailandia.

4) Un retrato hablado de quien, presuntamente, depositó el cuerpo descuartizado de una mujer en una estación de metro.

Lo anterior aderezado por los chistes, risas y comentarios vulgares de los presentadores.

De esos cuatro ejemplos, la única noticia es el retrato hablado, pues es lo único que tiene relevancia para la vida pública de los mexicanos. Que un autobús de pasajeros se vuelque no es noticia, es un hecho en vidas particulares (a menos que se difunda para que se sepa que habrá embotellamientos, cosa de lo que ni se habló, sobre todo porque su difusión fue varias horas después del accidente. Se enfatizó el dolor del joven. Cosa que sólo puede interesar a los morbosos -en sus intereses estéticos mezquinos particulares-). que un mercado se incendie en sí es noticia… en China, pues en México no tiene la menor importancia (aunque sí el efecto estético y emocional de ver las llamas; nuevamente, se apela a las sensaciones particulares). Que un autobús se vuelque en Tailandia tampoco es noticia, usted entiende el argumento.

La vida pública se oculta excepto cuando lo que se intenta es manipular la opinión de las masas. Se presentan temas que sí son de interés público exclusivamente desde una sola perspectiva, la de sus intereses particulares, negándole el micrófono a las partes interesadas que podrían contra-argumentar la postura difundida, excepto para vilipendiarlos e invitar al repudio popular. Las reformas estructurales (laboral, educativa, energética y política) han sido tratadas con escrupuloso filtro mental, ideológico guiado por intereses exclusivamente económicos. Más allá de la evidente controversia entre quienes son entendidos en el tema y las repercusiones en positivo o negativo que pudieran tener dichas reformas en la vida pública, los noticieros estarían obligados por llana consciencia ética a abordar la controversia desde una perspectiva de omisión de juicios. Sólo tendrían que ofrecer el micrófono a las partes en diálogo y ellos callar. Pero ya ven, hoy los comunicólogos son todólogos, desde mi perspectiva impresionantemente carentes de un bagaje teórico. Mas sus lagunas culturales e intelectuales no importan pues sólo fungen como voceros de los patrones, que por su parte también son tan sospechosos de carecer de cualquier otro tipo de inteligencia que no sea pragmática, como de un buena base académico-cultural.  Dudo que Azcárraga-Jean o Salinas-Pliego conozcan más libros que Peña-Nieto. Pero sí tienen más dinero qué él.

Abajo, unos ejemplos:

1) Un hombre se “confiesa” drogadicto y homosexual. ¿Por qué se tendría que confesar de algo común y normal? ¿Por qué nos interesaría nosotros saberlo -si no por morbosidad-? si es para apoyarlo ¿Por qué no nos dan el micrófono a todos para hacer catarsis públicas?

 

 

2) Loret de Mola recuerda los momentos divertidos que compartieron dos mujeres a quienes han despedido del noticiero, básicamente porque a una de ellas la filmaron teniendo sexo, precisamente, con Loret de Mola. ¡¡¿Eso qué chingados le tiene que interesar a la gente?!!

 

 

3) Se nos informa que personas que protestan han vuelto la ciudad de México “Desmadrópolis” lapidándolos inclementemente a base de puras ad hominems. ¿Por qué están en las calles? Ni lo mencionan.

 

 

Lo ejemplos podrían seguir ad infinitum. Pero confío en que la idea se entienda…

Un abrazo.

En su Contrato social, Rousseau, criticando la utilización del discurso intelectual para justificar atrocidades políticas y sociales, no duda en afirmar con dureza: “Si estos escritores [Grocio y Barbeyrac] hubieran elegido los verdaderos principios habrían salvado todas las dificultades y habrían sido consecuentes, pero entonces hubieran tristemente dicho la verdad y hecho la corte al pueblo. La verdad no lleva a la fortuna, ni el pueblo da embajadas, cátedras o pensiones[1].

 

Ya que en todas épocas habrá Grocios y Barbeyracs, no queda sino desconfiar de, abordar y analizar todo discurso. Por ello no debe encontrarse razón alguna inmediata para conformarse cie­gamente con lo que se haya dicho o leído hasta ahora con respecto al tema a tratar en este capítulo sin antes haber llevado a cabo al menos un intento de reconstrucción de los discursos que al poder se refieren, comparándolos después con el entendimiento propio de la realidad. Aceptar sin más lo que se haya dicho siempre hasta ahora conlleva dos peligros imprescindibles de salvar. Primeramente, no preguntarse sobre lo que aparentemente ya ha sido respondido, al menos sin conocerlo, se­ría tanto como plegarse a las fuerzas reaccionarias, a aquellos quienes dicen, por ejemplo, que las humanidades y principalmente la filosofía y su labor no tienen sentido, pues ¿para qué pensar sobre algo que ya está explicado por disciplinas consensual­mente aceptadas como más precisas? Afirmación y pregunta a las que todo as­pirante a filósofo debe empeñarse, respectivamente, a negar y contestar a toda costa. El segundo peligro, consecuencia del primero, yace en que el no analizar aquello ya afirmado, y muy posiblemente aceptado, aniquila la posibilidad de ruptura de paradigmas inamovibles, los cuales, históri­camente, se ha comprobado en un sinnúmero de ocasiones, son erróneos y producto de intereses ajenos a la honestidad sirviendo sólo como mediaciones para el dominio del hombre por fuerzas ajenas y la infelicidad que ésta conlleva.

 

Piensa…

 

Un abrazo,

Lutzzz…

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[1] ROUSSEAU, Jean Jaques, El contrato social, SARPE, Madrid, 1983, p. 56.