Tengo televisión pero no la veo prácticamente nunca. No me atrapó nunca, pues pronto me di cuenta de que frente a un televisor soy un receptáculo y nunca un colaborador. Confieso sin embargo, que todo domingo de septiembre a enero, veo el futbol americano sin parar. Por eso tengo Tv, aunque el resto del año permanezca apagada.

Cuando visito a un par de tías ancianas, no obstante, me encuentro con que la televisión está invariablemente prendida. Sólo en el canal 2 o el 13. En el que esté siendo transmitido el noticiero de la hora o la telenovela preferida. No pudiendo evitar escuchar los comentarios de los así llamados informadores, sus reportajes o los argumentos telenovelezcos, no pasan más de cinco minutos cada día para que comprenda el porqué este país padece un pueblo digno de epítetos que no verteré aquí para no generar controversias que distraigan de mi intención con este texto.

Constantemente se hace crítica a los falsos valores que promueven las telenovelas (son falsos porque su realización no se traduce en felicidad y sí en dolor para quienes los adquieran) y las mentiras y juicios que presentan los noticieros y programas de “análisis” como verdades inamovibles. Pero hay algo de lo que se habla poco o nada. La minuciosa tendencia de los noticieros televisivos de confundir lo público con lo privado. A través de esa confusión se difunde no sólo la mexicana cultura del chisme y la lapidación del sujeto personal por llevar a cabo acciones libres, y hasta comunes, en su círculo particular (como tener sexo en todas sus variantes, tomar alcohol, consumir drogas, etc.), sino que se logra diseñar un fino disfraz, que oculta lo verdaderamente trascendental para la vida pública, presentando lo privado como si fuera del interés de todos nosotros.

Ejemplificaré. Entre el medio día de ayer y la mañana de hoy, se participó al televidente de los siguientes eventos:

1) Un autobús volcado en camino a Guadalajara con 7 muertos (Se entrevistó a uno de los sobrevivientes que nos enteró, llorando comprensiblemente, del motivo de su viaje a la capital jaliciense: iba al funeral de una tía. Ahora ha muerto su madre y no sabe si su primo está vivo).

2) Un mercado se incendió en China.

3) Un autobús se volcó en Tailandia.

4) Un retrato hablado de quien, presuntamente, depositó el cuerpo descuartizado de una mujer en una estación de metro.

Lo anterior aderezado por los chistes, risas y comentarios vulgares de los presentadores.

De esos cuatro ejemplos, la única noticia es el retrato hablado, pues es lo único que tiene relevancia para la vida pública de los mexicanos. Que un autobús de pasajeros se vuelque no es noticia, es un hecho en vidas particulares (a menos que se difunda para que se sepa que habrá embotellamientos, cosa de lo que ni se habló, sobre todo porque su difusión fue varias horas después del accidente. Se enfatizó el dolor del joven. Cosa que sólo puede interesar a los morbosos -en sus intereses estéticos mezquinos particulares-). que un mercado se incendie en sí es noticia… en China, pues en México no tiene la menor importancia (aunque sí el efecto estético y emocional de ver las llamas; nuevamente, se apela a las sensaciones particulares). Que un autobús se vuelque en Tailandia tampoco es noticia, usted entiende el argumento.

La vida pública se oculta excepto cuando lo que se intenta es manipular la opinión de las masas. Se presentan temas que sí son de interés público exclusivamente desde una sola perspectiva, la de sus intereses particulares, negándole el micrófono a las partes interesadas que podrían contra-argumentar la postura difundida, excepto para vilipendiarlos e invitar al repudio popular. Las reformas estructurales (laboral, educativa, energética y política) han sido tratadas con escrupuloso filtro mental, ideológico guiado por intereses exclusivamente económicos. Más allá de la evidente controversia entre quienes son entendidos en el tema y las repercusiones en positivo o negativo que pudieran tener dichas reformas en la vida pública, los noticieros estarían obligados por llana consciencia ética a abordar la controversia desde una perspectiva de omisión de juicios. Sólo tendrían que ofrecer el micrófono a las partes en diálogo y ellos callar. Pero ya ven, hoy los comunicólogos son todólogos, desde mi perspectiva impresionantemente carentes de un bagaje teórico. Mas sus lagunas culturales e intelectuales no importan pues sólo fungen como voceros de los patrones, que por su parte también son tan sospechosos de carecer de cualquier otro tipo de inteligencia que no sea pragmática, como de un buena base académico-cultural.  Dudo que Azcárraga-Jean o Salinas-Pliego conozcan más libros que Peña-Nieto. Pero sí tienen más dinero qué él.

Abajo, unos ejemplos:

1) Un hombre se “confiesa” drogadicto y homosexual. ¿Por qué se tendría que confesar de algo común y normal? ¿Por qué nos interesaría nosotros saberlo -si no por morbosidad-? si es para apoyarlo ¿Por qué no nos dan el micrófono a todos para hacer catarsis públicas?

 

 

2) Loret de Mola recuerda los momentos divertidos que compartieron dos mujeres a quienes han despedido del noticiero, básicamente porque a una de ellas la filmaron teniendo sexo, precisamente, con Loret de Mola. ¡¡¿Eso qué chingados le tiene que interesar a la gente?!!

 

 

3) Se nos informa que personas que protestan han vuelto la ciudad de México “Desmadrópolis” lapidándolos inclementemente a base de puras ad hominems. ¿Por qué están en las calles? Ni lo mencionan.

 

 

Lo ejemplos podrían seguir ad infinitum. Pero confío en que la idea se entienda…

Un abrazo.

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