Soy ateo por decisión.

Creo, sin embargo, como cualquier otra persona, en cosas que no me constan. No me consta la paz mundial. No me consta la justicia social. No me consta el amor de pareja ni universal. Todas esas cosas y más constituyen mi marco de fe. Supongo que eso me hace igual de ingenuo que quienes creen en Cristo, rey de reyes. En su caso y en mi caso, la política se encuentra claramente presente.

Dejé de celebrar la navidad a los diecisiete años. Decisión que contrastó con la ingenuidad que me embargó -y que probablemente me sigue caracterizando- , misma que se prueba con el hecho de que creí en Santa Claus hasta apróximadamente los 12 años. No creía en Dios, pero sí en Santa Claus. Háganme el favor.

Hoy en día no creo en Santa Claus ni en Dios, pero creo en que los humanos nos podemos amar en reciprócidad, dignidad y consciencia. Háganme el favor de nuevo. Sigo siendo el mismo niño.

La navidad, sin embargo, se acabó para mí cuando me di cuenta de que varios de mis familiares más cercanos estaban llenos de egoísmo en su corazón. Como buen ingenuo, creo que hay que ser congruente (mi rango de fe es más grande, parece, que el de cualquier fanático religioso). Mi núcleo familiar no lo era, así que me alejé para nunca volver.

Esta navidad es, no obstante, diferente a las últimas 3, que a su vez habían sido diferentes a las últimas 18. Las navidades que acontecieron del 2010 hasta el 2012 fueron genuinas en su estilo. Esas tres sí las celebré, en un marco completamente distinto cada una de ellas.

El 24 de diciembre de 2010 lo celebré en Tulum al lado de Fernanda Otegui. Era su primer viaje. Era (y es) la mujer que amo. Cuando llegamos a Tulum me dijo en un tono de voz que nunca olvidaré: ¡Qué bonito! Me sentí tan orgulloso de haberla acompañado en su primera experiencia de viaje y libertad. Cenamos comida italiana al lado del mar con vino y velas. Los claroscuros estimulaban mi vista. Fue la navidad perfecta, llena de amor.

El siguiente año lo recibimos en México, en su casa tras haber estado en Baja California. La actitud de Fernanda iba cambiando poco a poco. Como sea, toda su familia estaba presente y yo me sentía parte integral de ellos. Tras la fragmentación de mi familia mucho tiempo atrás, en 1992, la navidad tuvo de nuevo en 2011 una significación de unidad. La familia de Fernanda era mi familia. Sus papás, su abuela, su tía abuela, eran mi núcleo y me sentía pleno.

El año pasado todo cambió. Fernanda me dejó sin previo aviso el 2 de noviembre de 2012. No fue un evento grato en mi vida. Según decíamos, nos íbamos a casar. Habíamos planeado también ir a Estados Unidos, en automóvil, manejando  hasta Miami y de regreso. Fernanda tenía su visa ya, misma que yo no necesito por tener pasaporte alemán. A Fernanda le daba temor que no se la dieran. Se la dieron. Pero dio lo mismo. No la usó. Se perdió la visa infructuosamente, pues decidió, sin que yo pueda hasta la fecha comprender por qué, que habían otras cosas más importantes en su vida que lo que éramos nosotros. Ni modo. Lo respeto, pero no por ello no me dolió y me duele. Así  que tomé mis chivas y me fui a Berlín todo diciembre. A querer liberarme. Fue un gran viaje, pero no alcancé la meta propuesta, pues, mira, amigx lector, aquí sigo, un año después, evocando la partida de quien era mi mujer.

Esa navidad la pasé con Linda Treude y Sascha Freyberg. Dos grandes amigos de Berlín. Así que hubo amor en mi corazón.

Pero este año, a pesar de que hay vida llena de metas alcanzadas, no hay Fernanda Otegui. Y sí, ni modos, me duele. Nada hay que celebrar esta noche para mí.

No hay regalos esta navidad…

Para los metaleros King Diamond. Para los salseros Super Carro Show:

comentarios
  1. Rosa Eunice Cáceres dice:

    La vida consiste en eso.. o no?.. bueno digo yo, en creer, sentir, oler, comer, si no estariamos muertos, claro está, lo que no debe uno es dedicarse a vivir con cada uno de ellos (en este caso el dolor) de manera permanente para generarnos más dolor, aquí veo en estás líneas por ejmplo, un hacer productivo del dolor y eso es hasta interesante a mi parecer,(diran, claro como no eres tú la que sufre te suena interesante, pero no vale, trato de ser objetiva en el análisis) pues colocas varias interrogantes que hacen reflexionar un tanto en la necesidad de creer o no, en la necesidad de sentir “Dolor” o no.. será necesario?.. pero en fin detenernos en el dolor por sadismo sería lo dañino para uno y a su vez para nuestro colectivo, que nos necesita ingenuamente sanos y felices. jajajajajaj abrazos y por cierto, el guayabo (dolor de amores) por acá lo pasamos con cocuy de penca y al día siguiente sanito… ¡salud!

  2. Graciela Ríos Medina dice:

    Todo un máster en esto de la redacción, interesante, natural y como tu dices ingenuo relato, que me encanto, quizás te agrade saber que habemos quienes no te conocemos personalmente pero que tu originalidad enriquece, bonito dia

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