Suena en tu despertador la música que consideraste en su momento ayudaría a que te resultara menos tortuoso el despertar. Tu “otros cinco minutitos”, tan universal y sincrónico con los “otros cinco minutitos” de miles de personas que dan forma al sistema económico, son más una oración motivadora e ilusa que una posibilidad viable. Tienes que levantarte.

Te miras en el espejo después de unos segundos de esfuerzo para enfocar. Las bolsas que enmarcan tus ojos allí siguen como sus eternas compañeras y te preguntas esperanzado si tendrán que ver con las pocas horas de sueño más que con un envejecimiento que, a tu corta edad, no deberías de presentar. Te sientes poco atractivo y al tiempo que fastidio. Recuerdas tus pendientes y al compañero de trabajo por quien la pasas mal.

El camino de ida y vuelta al trabajo representan en sí mismos tortura y desagrado. Tu labor no refleja lo que un día, cuando solías pensar que alcanzarías metas, te deseaste. Te sientes casi agradecido de haber escuchado la voz de tus padres, de tus amigos, familiares, compañeros de escuela y pareja, hoy cónyuge, cuando te decían: “No estudies ______________. Te vas a morir de hambre“. Agradeces haberlos escuchado, pues si habiendo estudiado administración (contaduría, derecho, marketing, arquitectura, ingeniería, técnico mecánico, programador, secretaria bilingüe) la vida te resulta ya invivible, ¿cómo hubiera sido si aunadamente no hubieras tenido para comer, pagar la renta, la luz, el agua, el gas, la tarjeta? Gracias a sus buenos consejos no eres un hippie fracasado muriéndose de hambre, seguramente mariguano.

Por fin estás de regreso en tu casa. Anhelas la cama. Cenas abundantemente. Pan y chocolate. Café no, pues no duermes. Tus hijos y tu cónyuge requieren tu atención. ¿No se dan cuenta de que no tienes ganas de nada más que de descansar? No son considerados. ¿Sexo? Hace años que ni tú ni tu cónyuge se pueden ver los propios genitales. Qué ganas van a tener de ver el del otro, el mismo de siempre desde hace diez, quince años, si contamos los tiempos en los que aunque sólo se masturbaran mutuamente sí se veían el pene y la vagina el uno al otro. ¿Cómo sexo? Ni que tuvieran 20 años. A lo mejor el sábado. El domingo no, hay que llevar a los niños con la abuela, así podrás ver el futbol sin que te interrumpan. Algún día crecerán y en lugar de exigirte juego, disfrutarán contigo cantando el himno del América. ¿Sexo esta noche? Contigo no al menos. Además, mañana hay que despertar temprano para ir a trabajar…

Estás alienado. Estás enajendo.

 

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